Homilía de P. Camilo de la Paz Salmón Beatón, Tercer Domingo de Adviento

Homilía de P. Camilo de la Paz Salmón Beatón, Tercer Domingo de Adviento

Párroco de San José Obrero en Santiago de Cuba, Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, 11 de diciembre de 2022, Tercer Domingo de Adviento

 Vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio” Mateo 11, 4-5

 Hermanos,

La liturgia de la palabra nos propone en la celebración del tercer domingo de Adviento, que tiene como hilo conductor la alegría y el gozo de las almas y de la iglesia en la espera del Señor. Nos propone primeramente el concepto clásico de la espiritualidad, que es el desierto. El desierto es el escenario, primogénito por el cual las almas se fortalecen, aprenden, se educan, crecen, se enaltecen en la experiencia con Dios.

Un alma que no ha sido capaz de contemplar a Dios en las pruebas y vicisitudes del desierto, esa alma, no es capaz para gozar la alegría que consiste poseer la esperanza mesiánica. Es la esperanza que caracteriza a la tendencia profética, a la escuela profética en todo el Antiguo Testamento. Es por eso que en la narración que hemos escuchado del profeta Isaías, hemos encontrado el efecto del alma en el desierto espera al Mesías.

El desierto lo contemplamos en la prueba de Jesús. El desierto lo contemplamos también en todo el recorrido del pueblo de Israel; el desierto cuando nosotros realizamos una mirada retrospectiva de nuestro interior, y contemplamos nuestro interior como un estanque cristalino, en el cual por la prueba del desierto tiene el agua más cristalina o más sucia, más cristalina más dolor entregado a Dios, y si es más cristalina, más se contempla en el fondo a Dios. Por tanto, el desierto es una prueba factible para encontrarse con Dios.

Fíjense cómo el apóstol Santiago en su carta nos habla a nosotros de que el desierto no es un enemigo. El desierto lo vemos, cuando contemplamos a todas las personas que han tenido fe, y como dice él, el ejemplo con lo cual a nosotros nos fortalece; por tanto, desierto es todas las arideces que en tu vida has tenido, todas las dificultades que en tu vida has tenido para superarte, a ti misma en Dios y has vencido en Dios la prueba. Y precisamente de eso se nos habla hoy en el fragmento del evangelio.

¿Cuál fue el desierto de San Juan el Bautista? Un personaje clásico, un personaje además que es bisagra, en su personalidad profética entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Un hombre, que al saludo de María en el vientre de Isabel salta de gozo, un hombre capaz de ver el cometido de su responsabilidad profética, con toda la aridez literal que se nos narra en los evangelios de San Juan el Bautista.

El gran desierto de San Juan Bautista fue educar su espíritu en reconocer número uno, que él no es el Mesías, él no es el Cordero de Dios. Número dos, reconocerse a sí mismo como un simple precursor. Por tanto, en la escena de hoy él en la cárcel, la última dimensión de su desierto espiritual, la última prueba pero, además, la fineza de su martirio.

Hoy nosotros le pedimos al Señor que a esa pregunta que hace San Juan Bautista, nosotros absorbamos en nuestra alma como una esponja en nuestro desierto, la respuesta de Jesús, la proclamación del reino de los cielos, los ciegos ven, los cojos andan, se les concede la libertad a los cautivos, los muertos resucitan. Es decir, Jesús es el Mesías, mi esperanza tiene sentido.

Por eso, hoy en este tercer domingo de Adviento, mi alma está alegre, porque mi esperanza no es fallida, mi esperanza, hermanos, es real.

Concluyo con esa imagen hermosa, con esa escena, ya que estamos en la casa de María, y ella en el desierto de su corazón por la gracia de Dios es Inmaculada. Su desierto es un corazón vacío para que en ese corazón que es altar del Dios Altísimo, solamente arda el fuego del Espíritu, porque en ese corazón no podía arder otro fuego, ni arde que no sea el fuego de Dios.

Ella en ese misterio de su Inmaculada Concepción se nos aparece hoy, como narra el Nican Mopohua, precisamente en un desierto, y te dice a ti, y me dice a mí, y le dice al Papa, y le dice a todos los hombres de la humanidad: No te asombres. Que nada más te preocupe, ni nada más punzante te quite la paz. ¿No estoy aquí yo tu Madre? ¿Por qué te preocupas? Mira, en este desierto no se dan las flores, llévale estas flores al obispo como prueba de mi amor a Dios. Que así sea.

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