TRAS LAS HUELLAS DE CLARET EN CUBA

TRAS LAS HUELLAS DE CLARET EN CUBA

AUTOBIOGRAFIA DE SAN ANTONIO MARIA CLARET
Capítulo VI
Del viaje a Baracoa, Mayarí y a Santiago y resultado de la primera visita

538. Durante los dos primeros años, no obstante los temblores y el cólera morbo, visitamos todas las
parroquias del Arzobispado; en todas se hizo misión por mí mismo o por mis compañeros, y en las parroquias rurales, que tienen tanta extensión, se hicieron muchas. En cada dos o tres leguas se hacía una Misión en alguna casa de tabaco, que consiste en un grande cobertizo; allí se hacía un altar, un púlpito, y con sillas se armaban confesonarios con rejillas que llevábamos al efecto.

539. En aquellos dos primeros años llovió muchísimo. En una ocasión llovió nueve meses, sin dejar un
día de llover, y hubo días en que llovió continuamente con sus noches, así es que nos veíamos apurados
para viajar, y, no obstante, yo y los compañeros andábamos y las gentes asistían continuamente; y siempre muy contentos y muy alegres, y a veces ni teníamos lo necesario para la vida.

540. Me acuerdo que el segundo año que nos hallábamos en aquellas tierras quise ir por tierra a la Ciudad de Baracoa, ya que por mar no tuve proporción; fui con mis compañeros. Venía con nosotros un criado, que llevaba la comida, porque los lugares eran solitarios, y las gentes de las pocas casas que por aquellas tierras había se habían ausentado por el cólera. Pues ese buen criado empezó a quedarse atrás, porque la bestia no podía caminar, y nosotros llegamos muy tarde, de noche, a una casa en que no hallamos más que una galletica de soldado, pequeña y durísima, de la que hicimos cuatro pedazos, uno para cada sacerdote, y el día siguiente en ayunas tuvimos que emprender el peor de los caminos que jamás he andado en mi vida.

541. Tuvimos que pasar el río llamado Jojó treinta y cinco veces, pues, como corre entre dos altas montañas y no hay otro lugar, cuando da paso por una parte no la da por otra. Después del río tuvimos que subir a las altas montañas, llamadas Cuchillas de Baracoa, cuyo nombre les está perfectamente adecuado, pues que verdaderamente están como cuchillas. Y por encima del corte o cresta anda el camino, y, cuando se pasa por allá, hay trechos en que suenan un caracol marino, a fin de que el que va no se encuentre con el que viene; de otra suerte, el caballo del uno o del otro tendría que rodar para abajo, porque es tan estrecho el paso, que un caballo no tiene lugar para dar la vuelta para atrás. Y son tan altas aquellas montañas, que se ve la mar de una y otra parte de la Isla, por estar ellas en medio de la Isla, y además son tan largas, que duran cuatro leguas. Pues esas montañas, después de los pasos del río, tuvimos que subir y andar en ayunas, y al bajar son tan pendientes, que yo me resbalé y caí por dos veces, aunque no me hice mucho daño, gracias a Dios.

542. Al mediodía llegamos a una casa de campo, en que pudimos comer, y por la tarde llegamos felizmente a la ciudad de Baracoa, en el punto en que, al llegar a la Isla de Cuba, puso los pies el descubridor Colón; todavía se conserva la cruz que plantó cuando llegó. Pues bien, esta ciudad hacía sesenta años que no había sido visitada por ningún Prelado, y, por lo tanto, no se había administrado el sacramento de la Confirmación. Cuando yo llegué, ya dos de mis compañeros habían hecho la santa Misión; no obstante, yo prediqué todos los días que permanecí en ella, administré el sacramento de la Confirmación a todos, la visité y pasé a la Parroquia de Guantánamo, y también a la de Mayarí. Estas dos parroquias habían sido misionadas por mis compañeros, e hice lo mismo que en Baracoa.

543. De Mayarí pasamos a Santiago, la capital, distante cuarenta leguas. Como el camino es muy solitario, tuvimos que llevarnos provisión para poder comer. Salimos el lunes de la Semana Santa.
Nos llevamos un potaje de bacalao con garbanzos y patatas en una olla de barro. Después de haber andado mucho camino, los compañeros dijeron que habíamos de comer. Nos detuvimos, sacaron la olla, encendieron fuego, y, para resguardarse del viento, se arrimaron al tronco de una grande caoba. Todos íbamos por leña; y fue tan grande el calor del fuego, que se rompió la olla. Nos procuramos una yagua, que en aquel bosque hay muchas (las yaguas son unas hojas grandes que se caen de las palmeras, como unos pellejos de carneros), y en una yagua pusimos el potaje por haberse roto la olla de resultas del demasiado calor del fuego; nos hallamos sin cuchara ni tenedor, y cogimos unas güiras, y con aquello comimos nuestro rancho o potaje. Tuvimos sed, y para beber cogimos otra yagua, y, atada por los extremos, formamos un balde y lo llenamos de aguay así bebimos muy regaladamente. Todos estábamos tan contentos y tan alegres, que era una maravilla. Al día siguiente llegamos a Santiago para celebrar las funciones de Semana Santa, que siempre celebré en todos los años.

544. En los dos primeros años tuvimos los temblores y el cólera, como he dicho; y, no obstante, en los primeros dos años, entre yo y mis queridos compañeros misionamos en todas las parroquias del Arzobispado. Yo hice en todas la santa pastoral visita, administré en todas el sacramento de la Confirmación, que duraba los días que era menester, hasta que todos ya se habían confirmado. Se casaban o se separaban los que habían vivido amancebados. A todos dábamos libros, estampas, medallas y rosarios; y todos quedaban tan contentos, y nosotros también.

545. Durante la primera visita y misión tuvimos el cuidado de contar lo que distribuimos, y hallamos haber dado 98.217 libros, que dábamos gratis o cambiábamos por otros libros malos que nos presentaban con este fin, y fueron muchísimos los libros que destruimos. Dimos, además, 89.500 estampas, 20.663 rosarios, 8.931 medallas. Después de la primera visita, ya no se anotaba, por ser muchísimo lo que mandaba traer de la Península, de Francia y de otros puntos, que todos repartíamos por la Diócesis y fuera de ella. Todo sea para la mayor gloria de Dios y bien de las almas que Jesucristo redimió.

546. Escribí muchas circulares desde un principio hasta a los últimos días que estuvo a mi cargo la Diócesis; pero no quise escribir ninguna carta pastoral hasta después de haber hecho la primera visita por todo el arzobispado, a fin de que todas las palabras fuesen útilmente aplicadas y no echadas al aire.

547. La primera carta pastoral que escribí y firmé fue en el día 20 de septiembre de 1852 la dirigí al Clero; esta misma carta se reimprimió, y aumenté con los Edictos siguientes: 1.° Sobre el hábito clerical. 2.° Deberes de los Vicarios foráneos. 3.° Deberes de los Curas párrocos y demás sacerdotes. 4.° Arreglo para los Curas y tenientes. 5.° Método de vida. 6.° Sobre capellanías. 7.° Sobre matrimonios. 8.° Sobre dispensas matrimoniales.

548. Además escribí siete apéndices: 1, sobre ornamentos y libros parroquiales; 2, sobre camposantos; 3, arancel; 4, distribución de la asignación de las fábricas; 5, conferencias; 6, Hermandad de la Doctrina cristiana; 7, sobre el modo de quitar los escándalos.

549. La segunda carta pastoral la dirigí al pueblo el día 25 de marzo de 1853, recordando en ella lo que les habíamos enseñado de palabra en las misiones y visita pastoral. La tercera fue contra los malos libros que un buque había traído. La tercera = cuarta fue una invitación a la oración y demás a fin de obtener la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María. La quinta fue por motivo de la declaración de la Inmaculada Concepción. Esta carta se ha impreso y reimpreso en Cuba, Barcelona y París. Todo sea para la mayor gloria de Dios y de María Santísima y bien de las almas, como ha sido siempre mi intención.

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