LA IGLESIA CUBANA Y EL CAMINO SINODAL (III)

LA IGLESIA CUBANA Y EL CAMINO SINODAL (III)

Dr. Roberto Méndez Martínez

En la década del 60 se produjo silenciosamente un cambio de modelo eclesial. Con la disolución de las asociaciones, toda la vida católica fue a centrarse en la asamblea parroquial. En el interior de los templos no solo se dispensaban los sacramentos,sino que se impartía la catequesis, así como varias modalidades de formación de laicos. La carencia de clero potenció la labor de cristianos comprometidos en diversas diaconías – celebraciones de la palabra,visitadores de enfermos, ministros de la Eucaristía, atención a ancianos, entre otras-. Surgieron los consejos parroquiales, donde, aunque presidía el sacerdote, predominaba el principio de la corresponsabilidad para el sostenimiento de la vida en común.

La participación primero de algunos obispos cubanos en el Concilio Vaticano II y luego en las Asambleas de Medellín (1968) y Puebla (1979), ayudaron a la comprensión de un modelo eclesial menos vertical y clericalista y más apoyado en lo comunitario, así como buscaron clarificar en qué modo podrían insertarse los cristianos en un medio social hostil a la religión.

Ya en la década de los 70, la Iglesia cubana se ha convencido de que no sucumbirá a la hostilidad externa, ni a la numerosa emigración de familias cristianas. Y se ha organizado de manera tal que no solo puede sobrevivir a todas las contrariedades, sino que es capaz de pensarse a sí misma. Así lo demostraron la sucesiva celebración de la Reflexión Eclesial Cubana y el Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Si analizamos ambos sucesos, afines pero no idénticos, comprendemos que fueron las expresiones más altas de sinodalidad de la Iglesia cubana en el siglo XX.

La REC comenzó como un “Puebla en Cuba”, a iniciativa de unos de los participantes, el fraile carmelita Marciano García, ocd, retomada e impulsada por el obispo auxiliar de La Habana Mons. Fernando Azcárate, sj y apoyada por el resto del episcopado. El llamado “Documento de Camagüey” de 1981 establecía las bases para una reflexión que partiera desde el centro mismo de las comunidades. En la primera etapa se recopilaron datos estadísticos que permitieran caracterizar a la iglesia en la Isla, no solo a nivel global, sino desde sus cimientos locales y además se identificaron las principales preocupaciones de los laicos, la más reiterada en esa primera etapa fue la necesidad de supervivencia eclesial en un medio hostil. A partir de los resultados preliminares, se hizo una nueva consulta en 1984 que procuraba profundizar en lo obtenido, a partir de otra encuesta.

Como recuerda el padre Raúl Arderí, sj:
La encuesta de 1984 buscó identificar medios concretos para lograr este objetivo, identificando la responsabilidad de los creyentes en las tensiones con el sistema político y de qué forma el testimonio cristiano podía ser percibido como un elemento reconciliador. Esta reflexión ayudó a los católicos cubanos a no considerarse simplemente como víctimas de una ideología política sino también como ciudadanos con plenos derechos. Evidentemente tal cambio de mentalidad requería un largo proceso del cual la REC solo podía dar los primeros pasos. Los datos recogidos fueron organizados y argumentados teológicamente en el Documento de Consulta (DC) que nuevamente fue devuelto a las distintas comunidades para su discusión. El fruto de estos encuentros se sintetizó en un Documento de Aportes por cada diócesis, que sirvió como material de trabajo para la siguiente fase.(11)

El último período de la REC fueron las asambleas diocesanas, donde se discutieron los puntos más importantes de su Documento de Aportes y se eligieron los delegados al ENEC.

El 17 de febrero de 1986 comenzó en La Habana el Encuentro Nacional Eclesial Cubano. En la sala había 110 seglares, 39 presbíteros, 24 religiosas y religiosos y 8 obispos. Tal pluralidad no tenía antecedentes en la historia cubana. Si allí no estaba toda la Iglesia, había una muestra harto representativa de ella. Como afirmó en su discurso inaugural Mons. Adolfo Rodríguez, por entonces presidente de la Conferencia Episcopal:

Detrás de cada sacerdote presente están todos los sacerdotes de Cuba ausentes; detrás de cada religiosa presente, están todas las religiosas de Cuba ausentes; detrás de cada laico, hombre o mujer, joven, adulto, obrero, campesino, profesional, estudiante … están todos los laicos cubanos católicos. A ellos los representamos; a ellos nos debemos; sin ellos nuestra presencia aquí no tiene sentido. Menos aún lo tendría al margen de ellos o contra ellos: contra sus anhelos, sus expectativas, sus opiniones, sus esperanzas que no podemos defraudar.(12)

El obispo señaló como los dos ejes orgánicos del encuentro la fidelidad a Cristo y la fidelidad a Cuba y lo calificó como una celebración “que proclama nuestra fe en la Iglesia, pero no en la Iglesia abstracta, teórica, ideal, planetaria, de meras palabras teológicas; sino en la Iglesia concreta, práctica, real, que se llama la Iglesia de Dios en Cuba”.(13)

El lema del evento “Iglesia sin fronteras, solidaria en el amor” demostró la voluntad de la institución de salir de los estrechos márgenes y hasta del relativo silencio en que se había sentido confinada durante un cuarto de siglo. Era también una manera de sanar viejas heridas, renunciar en nombre de la caridad a reproches y reclamaciones y la constatación de que así como existía un relevo generacional apreciable, era posible sentar bases nuevas para su trabajo que no excluían el diálogo con los no creyentes y hasta la posibilidad de haber aprendido algo de las circunstancias recientes.

Tres dimensiones se señalaron para esta Iglesia renovada: Iglesia evangelizadora, orante y encarnada. Es decir, centrada en Cristo y en el mensaje evangélico, marcada por una dimensión interior orante, de fuerte vivencia del misterio cristiano y hacia lo exterior comprometida con las circunstancias sociales. La Instrucción de los Obispos para la promulgación del Documento final del ENEC, en mayo de 1986 señalaba:

La fe en la encarnación impulsa a los cristianos militantes a buscar formas de presencia y de colaboración, sin faltar al respeto de la propia fe, en todas las actividades y organizaciones seculares, no confesionales, es decir que no exijan necesariamente ser ateo y abjurar de nuestros propios principios. Nos referimos a las organizaciones laborales, escolares, pioneriles, científicas, profesionales, campesinas, de defensa, culturales, deportivas…participando en toda tarea que se encamine al bien común.(14)

Un evento de pocos días no podía agotar toda la riqueza de reflexiones de la REC, pero no solo dejó ese sabor de gran celebración que estuvo entre sus objetivos sino que legó a la historia un importante Documento final cuya doble fundamentación: teológica e histórica, fue el prolegómeno para caracterizar a una iglesia específica en un período concreto de su existencia. La voz angustiosa de los años 60 y 70 había sido sustituida por el optimismo de los que conocían su misión en el mundo que habitaban.

Notas
(11) Raúl Arderí, sj: Una experiencia sinodal en la Iglesia cubana.Razón y Fe, 2021, t. 283, nº 1451, p. 306.
(12) Mons. Adolfo Rodríguez: “Discurso inaugural del Encuentro Nacional Eclesial Cubano”. Pasos, Editorial del Departamento Ecuménico de Investigaciones, San José, Costa Rica, enero, 1987, p.35.
(13) Ibid, p.36.
(14) “Instrucción pastoral de los obispos de Cuba con motivo de la promulgación del documento final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano, mayo, 1986”, En: La voz de la Iglesia en Cuba.Cien documentos episcopales, Obra Nacional de la Buena Prensa, México, D.F, 1995, p.29.

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