Transcripción homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez
Arzobispo de Santiago de Cuba
Eucaristía Domingo XIV del Tiempo Ordinario
Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre
5 de julio de 2020

Hermanos,

Cada domingo es un día especial, cada domingo es el día de alabar a Dios, de glorificarlo, y hoy estamos nosotros dándole gracias y glorificándole con esta Santa Misa, y porque estamos compartiendo como hermanos, precisamente, el regalo que Dios nos ha dado de ofrecerse en la cruz por nosotros, por nuestra salvación. Es un canto de alegría, es un canto de alabanza el Salmo que nosotros hemos rezado: “Te ensalzaré Dios mío, mi Rey”.

Sabemos que la misa consta de dos partes claves, fundamentales, no se puede quitar una y dejar la otra, van unidas. Una es la Palabra, y otra es la eucaristía, el Sacrificio, la celebración de la Última Cena que rememora el sacrificio de Cristo en la cruz.

En las lecturas de hoy hemos escuchado dos lecturas del Antiguo testamento, y dos lecturas del Nuevo testamento. Nosotros sabemos que el Antiguo Testamento es la preparación para la venida del Mesías, que iba a traer la Revelación plena al pueblo, y nosotros vemos como, en estas lecturas del Antiguo Testamento, ya se habla, de alguien que vendrá que traerá la Paz. Es la alegría de saber que el Señor no se olvida de su pueblo. Zacarías vivió en un momento muy duro, muy difícil, y sin embargo el vislumbró, supo ver con los ojos de Dios, y descubrir a Dios aún en los acontecimientos duros, difíciles, y entonces nos llama a la esperanza.

El Salmo como ya dijimos es una acción de guardias, porque dice que el Señor es misericordioso y clemente. Ya desde el Antiguo Testamento se nos estaba preparando para recibir un Mesías no poderoso como un rey de la tierra, sino con la humildad de alguien que va montado en un burrito. Ese Alguien, es el Mesías humilde que viene a salvarnos.

En esa misma línea vienen la lectura del Evangelio, que es preciosa esta lectura, nos hablan, nos manifiestan el corazón de Dios. Es decir, el sentimiento profundo de amor que Dios tiene para cada uno de nosotros, que abre su corazón, “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo les aliviaré”. Este es el Evangelio que se lee el día del Sagrado Corazón, eso es lo que representa la imagen del Sagrado Corazón como dijimos el día de su fiesta; el amor clemente, misericordioso, atrayente de Dios, para con cada uno de uno de nosotros.

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados”, ojalá en nuestro cansancio todos acudamos al corazón de Dios y repitamos “Sagrado Corazón de Jesús en ti confío”. Pero en este Evangelio se nos dice al principio, hay unos verbos que nos llaman la atención. Dice: “Te doy gracias porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos”, el verbo esconder. Y por otro lado en contraposición “y porque la has revelado a la gente sencilla”. Aquí viene precisamente esa distinción grande en aquellos que son del espíritu, en aquellos que abren su corazón a Dios y a los demás, y en aquellos, nosotros mismos podemos ser, que nos cerremos a la gracia de Dios, a la caridad de Dios y el amor de los hermanos.

¿Quién es sencillo y pobre? Sencillo y pobre es aquel que necesita. Porque cuando hablamos de pobre muchas veces lo hablamos en cuanto bienes materiales, no. Una persona pobre y sencilla puede ser un sabio, pero un sabio que sepa sus limitaciones y que diga, necesito de la ayuda del Señor para comprender la realidad. Y el Señor dice, esas cosas tú se las has ocultado a otros, no porque el Señor le tirado un velo para que ese no veo, o quiera cerrarle los ojos, sino en el sentido, de que muchas veces el corazón se empecina, y no queremos descubrir a Dios en la vida y en los acontecimientos.

En esta misma línea va la lectura que hemos escuchado de la carta a los Romanos, en la cual dice, “ustedes son del Espíritu y los que son del Espíritu resucitarán con Cristo” y también, “harán la obra de Dios”, que es la obra buena. En contraposición con aquellos que son de la carne, del mundo, que se preocupan solamente por el momento y no se dan cuenta de que la vida es algo más, y que no vivimos solos en el mundo, sino que vivimos junto a los demás. Esta es la lectura que nosotros tenemos que hacer.

Al final de esta contraposición, entre el sencillo y pobre, y el sabio y el poderoso; que más bien yo le llamaría orgulloso, prepotente, y soberbio, entonces está el manso que sí se acoge al Corazón de Dios. Es difícil que un soberbio, es difícil que un empecinado, es difícil que una persona que cree él lo puede todo, que él se basta solo, vaya a buscar consuelo en el Corazón de Dios, y vaya a buscar la verdad donde hay que buscarla, en el Corazón de Dios.

Hermanos, las lecturas de hoy nos llevan a nosotros estar en aquellos que quieren ser sencillo y humildes de corazón, porque buscan la verdad y el bien, aunque sean sabios, aunque tengan mucho poder, pero en su corazón son sencillos y buscan la verdad. Esa es la clave. ¿Cómo hay que hacer? Buscar, en primer lugar, y en segundo lugar tratar de imitar a Jesús. Si Él es manso y humilde de corazón, y el yugo de Dios es precisamente suave, ligero… el yugo de Dios son los mandamientos, recordemos que Él nos dijo, “el que quiera seguirme, que siga mis mandamientos”.

Entonces hermanos, carguemos con el yugo de Dios, que es el yugo del amor, que es el yugo que nos abre a Dios y que nos abre a los hermanos. No seamos soberbios, no seamos empecinados, seamos humildes y busquemos a Dios.

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