Irradia

24 de abril de 2022
Transmitido por RCJ y CMKC, Emisora Provincial de Santiago de Cuba
Programa Radial de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba
2do Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia

“¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” Juan 20, 29

(Música,  Canta Aleluya, Dumas y Mary)

Para llegar a ti como una bendición, para abrir tus alas al amor de Dios.

Irradia. Un proyecto de la Oficina de Comunicación de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Saludos a todos los que nos acompañan en este día en que venimos a compartir la fe con nuestra comunidad.

Bienvenidos a este encuentro fraternal con la iglesia toda, como cuerpo místico de Jesús.

Irradia está contigo, irradiando la fe.

(Música,  Canta Aleluya, Dumas y Mary)

 

En esta mañana nos acompaña el P. Rafael Ángel López Silvero, párroco de la Santa Basílica Iglesia Metropolitana Catedral de Santiago de Cuba.

Dios de eterna misericordia, que reanimas la fe de este pueblo a Ti consagrado con la celebración anual de la fiesta Pascual, aumenta en nosotros los dones de tu gracia, para que todos comprendamos mejor la excelencia del Bautismo que nos ha purificado, la grandeza del Espíritu que nos ha regenerado, y el precio de la sangre que nos ha redimido. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Una alegría como siempre poder compartir con ustedes este domingo, segundo domingo de Pascua, pero además domingo de la Divina Misericordia. El evangelio que nos propone hoy la liturgia, está tomado del evangelista san Juan, capítulo 20, versículos del 19 al 31.

(Lectura del evangelio de San Juan, capítulo 20, 19-31) 

Es el anochecer del día de la Resurrección, y los discípulos estaban encerrados por miedo, por miedo a los judíos, por miedo a los que habían crucificado a su Maestro. En medio de ese temor aparece Jesús resucitado. Lo primero que les dice es la paz esté con ustedes. Y eso se repetirá cada vez que Jesús se encuentre con sus discípulos les dirá, no teman, la paz esté con ustedes, soy Yo. Inmediatamente les muestra, sin que ellos se lo pidan, las manos y el costado, para que tengan la certeza de que es Él. Que no es un Espíritu, que no es una aparición, que no es una ilusión, que es Él que ha cumplido la promesa que les había hecho de resucitar al tercer día con su cuerpo glorioso.

Por supuesto se llenaron de alegría. Luego les dice, la paz a ustedes y los envía. Es importante que tengamos esto muy claro. El Señor Jesús nos da un mandato, ámense los unos a los otros como yo los he amado. El mandamiento nuevo, la nueva actitud ante la vida, amarnos los unos a los otros por encima de nuestras diferencias, porque somos hijos del mismo Dios, porque hemos sido rescatados al mismo precio: el de su sangre derramada, su vida entregada por nosotros. Pero, nos da una misión, como el Padre me ha enviado, así también los envío yo.

Les da la paz, esa paz interior que habían perdido ante tanto sufrimiento, ante tanta incertidumbre, ante pensar que se habían quedado de nuevo solos, y que todo lo que habían pensado, creído que se iba a realizar no se realizaría porque su Maestro había fracasado, les trae la paz, paz a ustedes. Porque sin paz no se puede enviar, porque sin paz no se puede cumplir una misión, porque si no tenemos paz no seremos capaces de llevar esa paz a todos aquellos a quienes encontremos en el camino. Porque el anuncio de Cristo muerto y resucitado es un anuncio de paz. A ése precio hemos sido hechos hermanos los unos de los otros, y como hermanos tenemos que construir un mundo de paz.

Pero, ¿cómo podemos invitar a la paz sino tenemos paz en nosotros, sino tenemos paz en nuestro corazón, si estamos angustiados, sino tenemos la certeza? Paz a ustedes, e inmediatamente los envía. Ésa es la misión, ésa es nuestra misión, lo que no podemos olvidar. A veces nos quedamos por las ramas y olvidamos lo más importante. Todo lo que hagamos, todo lo que el Señor nos ha dejado, es para que cumplamos esta misión, para fortalecernos, para ayudarnos, para consolarnos, para iluminarnos, para que podamos cumplir la misión de llevar su mensaje de amor a todos los que encontramos en nuestro camino. Para edificar una sociedad nueva en que el amor sea lo más importante. ¿En la que no habrá diferencias? Claro que las habrá. ¿En la que no habrá divisiones? Claro que las habrá. Pero una sociedad en la que las divisiones y las diferencias podamos superarlas por el amor, en que seamos capaces de reconocernos hermanos. Porque somos seres humanos creados por Dios, redimidos al precio de la sangre de su Hijo que se ha hecho hombre igual a nosotros en todo menos en el pecado, el Cordero Inmaculado que entregó su vida por nosotros pecadores, para rescatarnos, para redimirnos.

La paz para que puedan cumplir la misión, y el Espíritu. Sopló sobre ellos y les dio el Espíritu Santo, ese Espíritu consolador, ese Espíritu que ayudará a construir la iglesia, ese Espíritu que nos dará los dones que necesitamos para poder cumplir la misión que el Señor nos ha encomendado. Ese Espíritu que nos consolará cuando sintamos que estamos arando en el mar o sembrando en el desierto, cuando nos parezca que todo lo que estamos haciendo es inútil el Espíritu nos dirá sigan adelante. Porque cuando el Señor estaba en la cruz, en su momento más doloroso, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, cuando sintió la soledad más absoluta sobre Él, quizás la sensación de fracaso más grande, Cristo estaba triunfando y venciendo el mal y la muerte.

Sólo cuando experimentamos eso, somos capaces de ponernos en pie y seguir adelante. Habrá tantos momentos en que nos cuestionaremos, pero ahí estará el Espíritu del Señor que nos ha dejado; no para adormecernos, sino para fortalecernos, para ayudarnos a poner en pie y seguir adelante. Cumplir esa misión que el Señor nos ha dejado, on la certeza de que Jesús resucitado está en medio de nosotros.

Tomás no estaba con los demás apóstoles. Por eso cuando llegó y le dijeron, el Señor hay resucitado, el Señor se nos ha aparecido, el Señor ha estado aquí; él dirá, como hubiéramos dicho quizás muchos de nosotros, si no meto mi dedo en sus llagas y mi mano en su costado, no creeré. Necesitamos pruebas, ¿pruebas? ¿Qué prueba más grande? El Señor podía haber pasado de Tomás,  ¿pruebas? ¿Darte pruebas? ¿Qué pruebas necesitas que más de tres años de haber convivido juntos, de haber escuchado mis palabras, de haber visto mis obras? ¿Qué más pruebas necesitas?

Pero estamos en el domingo de la Divina Misericordia, y no por gusto. La Misericordia de Dios es infinita, la paciencia de Dios es tan infinita como su misericordia. Por eso, cuando el Señor llega, se dirige a Tomás y le dice, dame tu mano, mete tu dedo en mis llagas, mete tu mano en mi costado. Quizás, con un ligero tono de reproche… no seas incrédulo sino creyente. Tomás lo habrá sentido en lo profundo de su corazón, al punto de no decir más que Señor mío y Dios mío. Como nos sentimos nosotros cuando dudamos del Señor, cuando en medio de nuestras pruebas, de nuestros dolores, de nuestras dificultades, tantas por las que pasamos… sentimos al Señor decirnos, dame tu mano y sentimos ese dolor profundo de no tener una fe profunda que nos sostenga.

Ahí está el Señor, su Misericordia, su paciencia, como a Tomas, dame tu mano, no seas incrédulo sino creyente. Dichosos los que sin ver crean. Tendríamos que decirle también nosotros, creo Señor pero aumenta mi fe. Como Tomás muchas veces queremos tener la certeza material, y tú nos la das pero no la vemos. Peor tienes paciencia y misericordia, y sigues acudiendo a nuestra mayor necesidad; sigues caminando a nuestro lado, sigues fortaleciéndonos, sigues tomándonos de la mano para guiarnos, para llevarnos, para permitir que podamos cumplir la misión que nos has encomendado.

Domingo de la Divina Misericordia. De la Misericordia del Señor, que no solo murió por nosotros, en la cruz, sino que se quedó con nosotros, está en medio de nosotros, vivo en medio de nosotros para ayudarnos en nuestra incredulidad; para ayudarnos cuando nos parece que estamos solos, cuando nos parece que todo se está terminando, cuando nos parece que no vamos a llegar a ningún lugar. el Señor nos dirá una y otra vez como Tomás, dame tu mano y siente que estoy aquí, que Soy Yo, paz a ustedes, paz a ti, paz a tu corazón, paz a nosotros.

Que el Señor así nos lo conceda.

(Música, Exulte, P. Jorge Catasús, Arasay Machirán y Olga González)

Confiados en esa presencia misericordiosa del Señor, que siempre nos escucha y nos responde, le presentamos nuestras súplicas.

Por la Iglesia, para que confiada y fortalecida con la presencia de Jesús resucitado, podamos cumplir la misión que Él nos ha dejado de anunciarlo, de dar testimonio de Él, en medio de este mundo. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Pidamos por todos los misioneros, por los misioneros de nuestras comunidades, de nuestras pequeñas comunidades, pero también por los misioneros que vienen de lugares y países lejanos para ayudarnos a dar testimonio del Señor en medio de nuestra patria, para que el Señor los bendiga, los fortalezca y los ayude a seguir adelante. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Por el aumento de las vocaciones sacerdotales, religiosas, diaconales, laicales, para que muchos nos encontremos con el Señor y escuchemos su llamado a  trabajar en la viña. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Por todos los que sufren, en el cuerpo o en el espíritu, para que no pierdan la fe, apra que como Tomás sientan la mano del Señor que los ayuda a seguir adelante. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Por todos los difuntos, especialmente por aquellos a quienes nadie recuerda, para que el Señor perdonadas sus faltas los acoja en el lugar del consuelo, de la luz y de la paz. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Por los enfermos, las personas que viven solas, los marginados, para que experimenten el consuelo y la cercanía de Dios en los hermanos. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Los unos por los otros, para que no sólo acojamos la misericordia de Dios, sino que tengamos un corazón misericordioso como el suyo. Roguemos al Señor. Te lo pedimos Señor.

Escucha Padre Santo estas súplicas y aquellas que han quedado en nuestros corazones pero que Tú conoces. Te las presentamos por tu Hijo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Ahora hermanos oremos con la oración que el mismo Señor Jesús nos enseñó.

Padre nuestro que estás en los cielos,

santificado sea tu nombre.

Venga a nosotros tu reino.

Hágase tu voluntad,

así en la tierra como en el cielo.

Danos hoy el pan de cada día.

Perdona nuestras ofensas,

Como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en tentación,

Y líbranos del mal.

Amén

Hermanos todos aquellos que no han podido acercarse a recibir a Jesús sacramentado, pueden hacer la comunión espiritual, rezando la siguiente oración.

Creo Señor mío que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas, y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma; pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si te hubiera recibido, me abrazo y me uno todo a ti. Oh Señor, no permitas que me separe de ti. Amén.

Como siempre una alegría haber compartido este rato con ustedes, este domingo, segundo domingo de pascua, domingo de la Divina Misericordia, domingo de la paciencia del Señor. Domingo en el que el Señor nos toma de la mano y nos dice ven, mete tu dedo en mis llagas y tu mano en mi costado; en que nos ayuda a no ser incrédulos, sino creyentes, y que confía en nosotros porque nos envía, vayan al mundo entero y nos da su Espíritu Santo, y nos da la paz que necesitamos.

Qué alegría y qué gozo poder compartir todo esto juntos. Les habla el padre Rafael Ángel, de la Catedral de Santiago de Cuba, pidiendo que Y la bendición de Dios todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos nosotros y nos acompañe siempre. Amén.

Hasta la próxima.

Con mucho gusto hemos realizado este programa para ustedes desde la Oficina de Medios de Comunicación, de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Guión, grabación, edición y montaje, Erick Guevara Correa.

Dirección general, María Caridad López Campistrous.

Fuimos sus locutores y actores, Maikel Eduardo y Adelaida Pérez Hung

Somos la voz de la Iglesia católica santiaguera que se levanta para

(Música, La luz del mundo, Arasay Machirán y Olga González)

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